La literatura clásica suele leerse como un inventario de pasiones humanas, pero en las páginas de Benito Pérez Galdós actúa también como un riguroso registro notarial y urbanístico.
Fortunata y Jacinta ofrece un retrato minucioso del Madrid decimonónico que permite rastrear principios de valoración inmobiliaria plenamente vigentes hoy. A través de dos pasajes clave, podemos observar cómo la lógica del valor ya estaba presente en la ciudad descrita por Galdós.
El factor de la localización y el principio de sustitución
En la crítica de Barbarita Santa Cruz hacia los nuevos desarrollos urbanísticos subyace un análisis implícito de la localización como factor determinante del valor. Su rotunda negativa a cambiar su residencia tradicional por los modernos «hoteles» del Paseo del Prado o el incipiente Barrio de Salamanca ilustra la particularidad de la inmovilidad en el mercado inmobiliario. A diferencia de un objeto industrial, como un bolígrafo, que mantiene su valor independientemente de su ubicación, el inmueble ocupa un espacio físico irremplazable. Así lo dictaba el pensamiento de Barbarita en la primera parte de la novela (Cap. VI, 3):
«No lo cambiara Barbarita por ninguno de los modernos hoteles, donde todo se vuelve escaleras y están además abiertos a los cuatro vientos. Allí tenía número sobrado de habitaciones; todas en un solo andar desde el salón a la cocina. Ni trocara tampoco su barrio, aquel riñón de Madrid en que había nacido, por ninguno de los caseríos flamantes que gozan fama de más ventilados y alegres. Por más que dijeran, el barrio de Salamanca es campo».
Desde la perspectiva de la tasación, aquí está presente el principio de sustitución. Para Barbarita, los nuevos inmuebles no son comparables. Ella identifica deficiencias técnicas (un peor comportamiento térmico al estar «abiertos a los vientos«) y funcionales (en la distribución vertical frente a la eficiencia de la «planta principal«). La ubicación en el «riñón de Madrid» (concretamente, entre la Puerta del Sol y Plaza Mayor), constituye un activo superior que anula cualquier intento de comparación con los «flamantes» caseríos del entonces periférico Paseo del Prado.
El método del coste y la calidad constructiva
Si Barbarita nos habla de localización, Plácido Estupiñá nos introduce en la valoración técnica basada en la calidad constructiva. En la cuarta parte de la obra (Cap. IV, 1), un diálogo sobre un edificio ubicado en la Cava de San Miguel nos revela una tasación que parece seguir el método del coste, o que al menos refleja un mercado inmobiliario donde las construcciones más sólidas eran las más valoradas:
«—De su amo. Conque… Bastante hemos hablado… Y, finalmente, la finca es magnífica; está tasada en treinta y cinco mil duros. Sólo el pedernal de los cimientos y la berroqueña de la escalera valen un dineral. Pues ¿y las paredes? El otro día, al abrir un hueco, los albañiles no le podían meter el pico. Nada, que “talmente” se rompen las herramientas en este ladrillo recocho que parece un diamante…»
Esta mención a los treinta y cinco mil duros se sustenta en una auditoría de los elementos constructivos. En un contexto urbano donde la edificación era muy a menudo precaria, la solidez del pedernal y del granito actúan como garantía de inversión. Lo que se tasa aquí es el valor intrínseco de lo construido y su durabilidad física. La comparación del ladrillo recocho con un diamante refuerza la idea de un activo que desafía la depreciación: una construcción tan sólida que «no hay herramienta que la muela» se convierte en la mayor certificación de valor en el mercado galdosiano.
La lectura de Galdós, especialmente en fechas como este 23 de abril, nos recuerda que una ciudad no solo se construye con sueños y personajes, sino con muros, cimientos y una lógica económica que, siglo y medio después, sigue siendo el pilar de nuestro entorno urbano.